Boletín Pichikeche N°33: La resistencia mapuche con cuerpo de mujer y rostros de infancia

Fotografía de archivo

Fotografía de archivo

Priscilla Souza Smart*

A nivel mundial existe una crisis por la depredación voraz que genera sobre la vida y la biodiversidad el modo en que se expresa en lo físico la ideología neoliberal y el capitalismo sobre el planeta. Vemos como los grandes grupos económicos en nombre del progreso y del desarrollo, que hoy se presenta sin fronteras, globalizado, irrumpe con furia en los territorios más recónditos, generando escases, contaminación, esclavitud laboral, violencia en las relaciones entre humanxs, vulneración hacia los y las niñxs. Por esto se genera un envenenamiento progresivo de la población con una promoción de la alimentación basura, que produce enfermedades asociadas al progreso, llamadas enfermedades NO TRASMIIBLES o ENT, como la diabetes, el cáncer y las enfermedades cardiovasculares, como así también el incremento de depresiones, cáncer, crisis de pánico, fibromialgia, muchos padecimientos que están en la línea de lo psicosomático, es decir indican un malestar emocional profundo.

Toda esta manifestación concreta y palpable habla de la crisis interna, de una perdida de sentido, un vacío existencial, que no tiene que ver con el dinero, con el poseer, más bien apunta a una búsqueda, a una pobreza espiritual. Al hablar de espiritual no incluyo a ninguna religión y sus yugos, con espiritual me refiero a la conexión con la energía creadora, con la relación personal que se establece con lo que me rodea, con la naturaleza y el mundo. Me refiero también, a la búsqueda del sentido a través de lo colectivo, del re-encuentro con el otrx, que tanta salud nos trae a los seres humanxs y a la necesidad urgente de escuchar y rescatar las voces de los abuelxs, la sabiduría oculta que intentan silenciar, a través de todos los sistemas, el educativo, el de salud, el de protección y el de justicia.

La única salida a la crisis actual, es la unión fraterna, el apoyo mutuo, el respeto a la diversidad, y el rescate urgente de la sabiduría ancestral de los pueblos, que son los que saben del apoyo mutuo, de la salud natural, del cuidado a la tierra, de una economía autosustentable…y de la defensa de la tierra, de la ñukemapu. En el fondo de la autonomía para vivir, sin tener que ser esclavos del ritmo frenético y enfermante de la sociedad de consumo.

Es en este contexto donde las familias más ricas de nuestro país, utilizan todos los mecanismos de influencia que poseen, para adueñarse de los recursos naturales, para explotar la tierra y sacar el mayor provecho económico, erosionando la vida, contaminando todo a su paso, con una indiferencia que asusta. Es en este contexto en el que se inscribe la resistencia mapuche, desde hace más de 500 años. En la actualidad vemos los casos de los prisioneros políticos mapuches, pero recordemos y nunca no olvidemos que el padre de Lefrtraru, el logko Kurvñanku (KuRv: Negro, Ñanku: Águila, en Mapudungún) fue tomado prisionero y quemado vivo por los españoles, cuando Lefrtraru tenía apenas 11 años. Esta es la historia que nos antecede, la base de la conformación de la nación chilena, la base de la conformación de la familia chilena (la destrucción de los vínculos nucleares, con la llegada del conquistador, la separación forzosa, las violaciones, la infancia desprotegida), herida que después vuelve a ser profundizada con el Golpe de Estado y la Dictadura Militar.

Hoy el mapuche y otros pueblos de nuestra América Morena, continúan resistiendo al mismo espíritu del capitalismo, a un enemigo que en la actualidad con el discurso de la “integración” busca homogenizar sus características particulares, su identidad. La integración a costa de la desaparición. Recuerdo las palabras que escuche en un conversatorio sobre el conflicto mapuche en el año 2006 de los labios de una ñaña mapuche, quien explicaba: “la integración que nos ofrecen, es ir a la escuela, pero con el uniforme escolar, hablando castellano, o sea que no seamos mapuche, sin nuestra identidad, así la integración para nosotros es sinónimo de extinción”. Comprendí entonces que antes de utilizar conceptos a la ligera hay que darles carne, contemplar cómo se comportan en la vida diaria las palabras que usamos, ya que guardan una profundidad, van creando y recreando la realidad, ¿cómo afectan los conceptos hegemónicos a las minorías? Ya que, en la búsqueda de la uniformidad, puedo provocar la muerte de una lengua, de un sentir, de un pueblo entero.

Escuchar sobre el “Conflicto Mapuche” por los medios de información de masas, es construir una opinión publica más o menos así: “son gente floja, con problemas de consumo de alcohol, que no desea progresar, que es un obstáculo para el progreso del país y la generación de puestos de trabajo, en las forestales, son personas agresivas, terroristas.” Se analiza la resistencia mapuche como una lucha anacrónica, intentando desarticularla con el encarcelamiento sistemático de personas mapuche que llevan un rol de liderazgo, actores claves en sus territorios.

Para poder hacer un análisis respetuoso sobre la resistencia mapuche, es importante comprender el funcionamiento de la vida en comunidad, ya que vivir en el campo, en contacto con la naturaleza y sus ciclos tiene otro ritmo, distinto al ritmo del libre mercado frenético de la ciudad. En la comunidad es donde cada miembro de la familia, incluidos los/las niños/as desempeñan un rol de apoyo y de aprendizaje constante en la labor que realizan. Es una interconexión que asegura la mantención económica, social, cultural y de creencia espiritual, y creo que todo aquello conforma el ejercicio político permanente de construir la organización de la vida, en base a una red de apoyo mutuo. Las labores y responsabilidades son compartidas y diferenciadas por género y generación ya que algunas requieren mayor esfuerzo físico como el trabajo de la tierra, el cuidado del ganado, la construcción de la casa. Lo interesante y donde radica la riqueza, es que en la labor de producción está el encuentro cara a cara, la trasmisión de la cultura, el reforzamiento del vínculo afectivo entre quienes conforman la comunidad.

Vemos así, como existe un refuerzo de la relación vincular entre sus miembros cada vez que realizan la vida cotidiana, la actividad productiva que genera el sustento, la organización del gillatun, del wetrupantu. En el mismo momento en que se efectúa la labor doméstica se está trasmitiendo, enseñando y preservando lo cultural (la cría de ganado, la sabiduría de la siembra y su ciclo, el tejido de telar). En el fondo, el modo en que vive el mapuche exige mantener un quehacer político permanente, ir imaginando, sintiendo, decidiendo de manera colectiva el funcionamiento de cada parte del sistema, de ir solucionando de manera organizada la vida, el sustento, la producción, la alimentación, el cuidado del ciclo del cual también se saben parte, la salud, la trasmisión de saberes, el idioma, el derecho primordial de nombrar el mundo en su idioma, EL Mapudungun que significa: “palabra de la tierra”.

La perdida y deterioro de la Tierra, genera una crisis de existencia en la gente de la tierra, ya que el ser Mapuche, es debido a la relación con la tierra, sin este ingrediente su existencia se pone en peligro, la manera autónoma de vivir se pone en riesgo, obligándolos a desplazarse, para buscar empleo, para buscar trabajo fuera, en empresas y fábricas, que son las responsables de la depredación de los bosques nativos, de la contaminación y carencia del agua.

En la actualidad, con el encarcelamiento de la figura masculina, el trabajo de la tierra, que es el que asegura la subsistencia, y que requiere de un gran esfuerzo físico, recae en la figura de la mujer y en los hijos/as, quienes asumen según la edad funciones que aportan al proceso productivo y de mantención de la vida en comunidad. Es importante destacar que existe un ciclo que respetar al trabajar la tierra, y que tiene directa relación con la influencia de la luna, la preparación del suelo, la siembra y la cosecha, por lo que existe un periodo de abundancia y posteriormente el periodo de descanso, que trae consigo un periodo de escases.

Reconozco y quiero describir las cotidianeidades de la resistencia mapuche, para relevar, agradecer y reforzar el rol político de la resistencia cotidiana de la mujer mapuche, esa que no se ve, de la que no se habla, que ocurre en la esfera privada de organizar la vida: en lo doméstico. Debiendo cumplir las multifunciones que se le presentan, sobre adaptada a la violencia sistemática de la policía chilena, quienes utilizan protocolos que carecen de una reflexión desde los derechos humanos, maltratando niños, y mujeres, que se encuentran aisladas en sus campos, solas, sin los hombres, con los y las ancianos/as, encarnando el mecanismo de control policial un perfil patológico de agresor patriarcal y misógino, digno de analizar.

Veo en la mujer mapuche, la resistencia cotidiana de resolver la vida que hoy se presenta en crisis: asegurar la autogestión, criar, sanar, asegurar la mantención del vínculo de las hijas/os con el hombre en cautiverio, procurar bienes básicos al compañero encarcelado, resistir allanamientos, contener la angustia ajena y sobrellevar la propia, sin lágrimas, sin tiempo para desmoronarse de cansancio, sin tiempo para claudicar. Sumado a esto, el malestar emocional por la desvinculación forzosa de la figura de afecto, el temor constante al daño que pueda sufrir el otro, la incertidumbre del regreso al hogar, que es una tortura constante, amortiguar la tristeza en los y las hijas, cuando apenas se puede con la propia.

La infancia en resistencia

Respecto a la infancia, palabra que tiene su origen en el latín y lleva por significado: “el que no habla”. A partir de esta definición, aprovecho reforzar que las guaguas, los niños y niñas que no tienen un desarrollo completo del lenguaje debido a su corta edad, hablan igual, hablan con su cuerpo, con su estado emocional, con su irritabilidad, con su bajo peso, con su dificultad para dormir, con sus cólicos, con el descontrol de impulsos. La infancia siempre habla, es el mundo adultocéntrico el que no quiere aprender a escuchar y validar este lenguaje emocional que se cristaliza en lo físico. Es en este punto donde cobra relevancia el rol de las profesiones, que son testigos cotidianos del impacto de la violencia de Estado en la infancia mapuche, y asumir el compromiso ético y político de no silenciarnos y normalizar la violencia institucional, sino que describirla, cuestionarla, denunciarla, y generar redes de apoyo, que rompan el cerco comunicacional y generen acciones solidarias.

Cobra relevancia entonces, el rol de las personas que encarnan las profesiones: profesores, médicos, abogados, trabajadores sociales, psicólogos, enfermeras, etc. Según la ética de las profesiones, el bien ultimo de cada una de ellas debiera ser la búsqueda del bienestar de la humanidad, pues bien, este es un llamado a no silenciar la violencia institucional que se genera hacia el pueblo mapuche en particular, porque hoy familias humildes sufren todo el rigor de la ley, por defender la tierra donde han habitado ancestralmente, y que ven erosionada, contaminada, con forestales, represas, pinos, eucaliptus. Mientras el empresario ve en la tierra el recurso a explotar, el mapuche ve en la tierra a su madre, que cuidar.

Continuando con la situación de los niños y las niñas mapuches que son parte de esta resistencia, observa un daño desde la concepción, en la necesidad de contención al nacer y ser cuidado y protegido por ambas figuras parentales, recibiendo el impacto de la pésima calidad de vida a nivel emocional y socioeconómico de la figura materna. Situación que genera un deterioro en la salud de las guaguas, quienes también somatizan la violencia indirecta al que están siendo expuestas sus familias, sus madres, junto con la violencia directa, allanamientos, interrogatorios, discriminación, agresiones, disparos. Recordemos y nunca olvidemos la violencia obstétrica a la que fue sometida Lorenza Cayuhan, quien debió dar nacimiento a su guagua rodeada de gendarmes. El Estado vulnera la niñez Mapuche, imaginen intentar dar teta por primera vez a la cría rodeada de gendarmes, es indignante la vulneración a la paz, al nacimiento, a la privacidad, es la violencia institucional, la perdida de la condición humana en la labor policial, la deshumanización completa del ejercicio de una profesión, una vergüenza.

En la etapa escolar la niña y el niño mapuche comienza a integrarse de espacios escolares fuera de la comunidad, recibiendo el impacto de la discriminación, el malestar del rotulo de “terrorista”, que impacta en la capacidad de vinculación con sus pares, y en la confianza de poder expresarse libremente, como mapuche, en un contexto que busca homogenizar a su población estudiantil, no valorando la diversidad cultural. También en esta etapa, los pequeños/as reciben la violencia policial, los interrogatorios, las lacrimógenas, la lejanía de las figuras parentales, el terror nocturno.

En la etapa de la juventud, se observa a las y los jóvenes mapuche que deben vivir la separación del grupo familiar, para poder estudiar la enseñanza media, ya que por lo general deben internarse toda la semana y regresar al hogar los días viernes. Esta ausencia del hogar es vivida como una tortura, al imaginar permanentemente que su madre y hermanitos menores pueden sufrir el allanamiento sorpresivo, situación que genera un estado de angustia constante que impacta negativamente en su calidad de vida y en los resultados académicos. Los allanamientos ocurren en la madrugada, en la noche, en el día, donde la violencia es cada vez mayor, irrumpiendo los funcionarios con los rostros tapados, armados, amenazando, lanzando objetos, dando vuelta colchones, actuando de manera agresiva, sin respeto, sin importar la presencia de guaguas, mujeres y niños/as que se encuentran en una situación de indefensión, es vergonzoso que la policía chilena actúe todavía como si estuviésemos en Dictadura.

El sistema imperante nos ha hecho olvidar el ingrediente principal que como seres humanxs tenemos: nuestra capacidad creadora y transformadora de los espacios donde habitamos. El poder que habita en nosotrxs cuando sincronizamos ideas, convicciones y acciones coherentes, que nos permitan vivir mejor. Nos llaman a adaptarnos en una construcción de sociedad que atenta contra nosotrxs mismxs como especie, y nos hacen sentir que nada se puede hacer, que la vida es así. ¡Pues no, la vida es otra cosa! Y en eso radica la principal esperanza, en el darse cuenta, y asumir que si nos organizamos podemos levantar iniciativas que apunten a ir resolviendo nuestros propios problemas como comunidades, y dejar de mantener la actitud pasiva frente a las instituciones que gestionan nuestros derechos como si fuesen beneficios, posicionando a las personas en un rol de receptor pasivo de la política pública, del bono miserable, de la educación de mercado, de la salud que enferma, de los trabajos mal pagados, de una justicia que encarcela al que se resiste a ser objeto, y asume su responsabilidad política en el devenir de esta historia. El sistema de proteccional de la niñez en nuestro país no está visibilizando la situación de la infancia mapuche, tampoco se perciben esfuerzos por develar la situación de vulneración a sus derechos esenciales y no muestra compromiso político para desplegar acciones de protección frente al maltrato sistemático y la violencia directa que se genera hacia la mujer mapuche y por ende hacia la infancia.

El sistema de protección a la niñez en nuestro país está en crisis, no logrando dar respuesta a las múltiples problemáticas que vive la sociedad chilena y que refleja de manera cruda el resultado del modelo neoliberal, impactando directamente en los sectores más empobrecidos de nuestro país, las poblaciones, los mapuches, los inmigrantes. Sectores para los que no alcanza la justicia, ya que esta no reconoce la raíz estructural de las problemáticas sociales, basada en el reparto desigual, en el saqueo constante, en la explotación.

Soy Trabajadora Social, con diez años en el ejercicio de mi profesión ligada a la intervención en contextos de vulneración grave hacia la niñez y estoy cada vez más convencida de que la esperanza radica en el empoderamiento de cada comunidad, en el pensamiento crítico, lo que requiere de la activación de la vida comunitaria, del despertar de los actores y actoras en lo político; político que es lo doméstico también, que es la organización de la vida misma… donde la mujer tiene un rol principal, un rol histórico que ha asumido silenciada, y que hoy está siendo reconocido y valorado por nosotras mismas, porque es tiempo de asumir en lo público el aprendizaje forjado en la intimidad… es urgente para asegurar la vida!

Cada vez que camino por Wallmapu, veo y percibo resiliencia, recursos protectores, gente trabajadora, sabiduría que no se rinde y que tiene como principal los vínculos familiares, y de estos vínculos depende la vida comunitaria, que es la piedra angular de la autonomía tan temida por el Estado chileno.

*Mujer, Pobladora, Trabajadora Social, Educadora, Madre de Dahmir y Amali, Red de apoyo a la resistencia Mapuche y desde poblaciones.

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